Lo que despierta el chocolate

Tarde de comunidad: inocencia y cacao
El chocolate empezó en los recipientes y... ¡acabó en todas partes!

A veces las experiencias más sencillas pueden convertirse sin que te lo esperes en momentos inolvidables, y si además hay niños de por medio… ¡siempre son mejores!

Esto que os cuento lo escribo desde una hamaca a orillas del río Bartola, desde nuestra “habitación” del Basecamp, con un montón de insectos revoloteándome la cabeza y unos cuantos sentimientos pujando por salir desde mi estómago. Ya lo sé, no estamos hablando mucho de los sentimientos que nos está despertando este viaje, supongo que es la falta de costumbre de verbalizarlos y mucho menos de ponerlos por escrito.

Pero esta tarde he vivido una experiencia muy sencilla pero que me ha hecho sentir súper pequeña en este mundo que cada día me parece más grande. Y me ha apetecido compartirlo con vosotros.

Tirados a la Bartola
Como parte de nuestra estancia en El Bartola Basecamp nos ofrecieron una actividad para cocinar chocolate con una de las mujeres de la comunidad. Y allí hemos ido. Después de media horita de cabalgata en la que nos ha llegado el barro hasta las cejas (literalmente), hemos llegado a la modesta y rústica casa de Guadalupe. Allí, apartados en una esquinita, un par de ojos curiosos nos miraban de arriba a abajo en silencio.
Aprendemos a hacer chocolate desde cero con Guadalupe y su hijo Juancito
Comenzamos con la preparación del chocolate. Guadalupe nos enseña unos granos de cacao secos recolectados hace unos meses y comienza a tostarlos. Roberto y yo desplegamos todos los medios disponibles, réflex y gopro, y comenzamos a dejar constancia de lo que ella nos va explicando. De pronto, vemos por el rabillo del ojo que el pequeñajo que había estado callado se ha subido a la mesa y mira anonadado a través de la pantalla de la gopro.
En ese momento acabó nuestro interés por el cacao. Un tímido Juancito, al que de primeras le cuesta decir su nombre sin ayuda de su madre, pasa a ser nuestro centro de atención. La sorpresa de su cara al ver las fotos y los vídeos, viéndose a sí mismo reflejado, nos encandila. 4 años tiene el chiquillo. Los mismos que lleva el proyecto funcionando, dice su madre.
Juancito.
2 horas hemos pasado con ellos. Hablando del proyecto y de lo que ha supuesto a sus vidas. Nos enteramos, mientras Guadalupe habla con nuestra guía, que la casa que están terminando de construir ha sido gracias al Base Camp, que Dios les ha bendecido con este trabajo. Ahora vivirán más cerca del colegio y Juancito podrá ir a la escuela sin tener que caminar tanto y sin cruzar el río.
Nada como grabar a un niño y enseñarle después las imágenes.

El niño por su parte se relaja y olvida qué es la timidez. Eso lo sé porque nos hemos reído mucho y he acabado con chocolate por toda la cara (culpa mía, empecé yo). Nos ha contado que a los monos no les gusta la lluvia, que los mangos hay que cogerlos maduros y que con ellos se hace fresco. Le explico que donde nosotros vivimos no hay monos, me mira raro. Se queda callado pensativo y me pregunta, ¿donde tú vives hay escuela? ¿Y en tu casa hay cocos? ¿Y piñas? Y no he sabido cómo responderle. Qué difícil es explicar en un lugar como este que vivimos en un piso donde no hay árboles ni animales, solo coches y ruidos que poco tienen que ver con los monos que aúllan cuando llueve. Teniendo a Juancito sentado en mi regazo lo he visto claro y se lo he hecho saber, “algún día cuando tenga un hijo como tú, lo traeré aquí para que tú le expliques quienes son esos animales que hacen ruido, cuáles son las frutas más ricas para hacer fresco y cómo se vive en un lugar donde el chocolate no viene de un estante del supermercado”.

Y lo divertido que es comer chocolate ¿qué?
Y de verdad que lo pienso. El día que tengamos niños seguro que serán unos máquinas usando el móvil, el iPad y lo que venga, pero estando aquí tengo la necesidad de enseñarle que el mundo es mucho más que eso. Quiero que les llegue el barro hasta las orejas y se maravillen haciendo chocolate desde las semillas. Que se den cuenta de que existen lugares donde no hay electricidad, donde se cocina con leña y donde no existen grifos de agua corriente. ¿Cobertura? Sólo en los cerros. ¿Wifi? ¿Eso qué es?
Y aquí ando soñando… Aún están por venir, pero espero poder algún día compartir estas experiencias con unos ojos tan inocentes y ávidos de aprender como los de este niño. El gen viajero se hereda, ¿no?

3 Comments

  • Ire| 12 Marzo, 2017 at 11:17Responder

    ¡Me ha encantado! Pienso igual, donde haya un peque que se te cruce mientras viajas… Ya la atención se centra en él. Juancito qué lindo! Y pienso igual que tú, espero algún día poder mostrar a nuestros pequeñajos, si es que algún día llegan, lo maravilloso que es el mundo y lo mucho que tiene que ofrecer. Y cómo otros peques con menos cositas viven igual o más felices si cabe. Gracias por compartir vuestra experiencia: jajaja os imagino llenos de barro y de chocolate y me llega el aroma del chocolate hasta casa, que hambre! Un besote!

    • Candela| 12 Marzo, 2017 at 11:52Responder

      ¡Muchas gracias por pasarte por aquí!

      Ya sabes… todo lo que podamos enseñarle a nuestros pequeñajos en directo será el mejor regalo que podamos darle… ¡vivan los animalitos en libertad! 😉

      Un besote!

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