Las entrañas del Cerro Rico de Potosí

Visita a las actuales minas
El Cerro Rico de Potosí se alza imponente con la ciudad a sus pies.

Entrar en el Cerro Rico de Potosí es retroceder varios siglos en la historia, conocer su antiguo esplendor y comprender en persona la justificada expresión “vale un Potosí”.

La visita a las minas de Cerro Rico es el principal atractivo turístico de Potosí, junto a su Casa de la Moneda, sin duda. Mientras Candela daba forma a los siguientes días del viaje en el hostal (Hostal Koala Den, muy recomendable, 150 BOB (19€) la habitación doble con baño privado) yo me animé a visitar las minas con la misma empresa del hostal, Koala Tours, por 120 BOB (15€).

Este tour no es para cualquiera, no es un paseo tranquilo por alguna galería de las minas, sino que te llevará hasta los agujeros más recónditos donde trabajan los mineros, por lo que si se sufre de claustrofobia o asma más vale ni planteárselo, he visto a gente abandonar a los 5 minutos de empezar el tour porque claramente no sabían dónde se metían.

Yo tampoco lo sabía y salí de este tour completamente sobrecogido y en shock, la visita es dura, durísima, no sólo por las difíciles condiciones del tour sino por la realidad que te encuentras en el interior de la mina, mineros que se juegan la vida a cada instante entre explosivos y gases nocivos buscando una plata que poco tiene que ver con lo que fue.

Las vagonetas se acumulan a la puerta de la mina en espera de un poco de suerte.

Por cierto, cuando contratas el tour has de firmar una hoja de descarga de responsabilidades en la que dices que la empresa queda exenta de culpa si sufres un accidente en la mina. Es tan detallado que como te lo leas dos veces no lo firmas.

El tour comienza ataviándonos con el equipo de seguridad: pantalones, chaqueta, casco y luz. Una vez listo vas a conocer el mercado minero, una calle con múltiples tienditas enanas donde los mineros pueden comprar todo el material que necesitan. “¿Cómo? ¿El material que necesitan? ¿Pero no se lo proporciona la empresa?” — digo yo con los ojos como platos. “No amigo, la explotación de la mina corre a cargo de cooperativas y cada minero se busca la vida, se compra su ropa, su casco, sus herramientas y hasta su dinamita. Y sus hojas de coca también, claro. Si pagan a la cooperativa tienen seguro de salud, pero si no… no”.

Alucino. Y no sólo eso, sino que el minero que quiere trabajar ha de hablar con una cooperativa, meterse en la mina por su cuenta y buscar un sitio donde trabajar. Dentro algunos se agrupan, pero otros trabajan solos. Solos solísimos entre explosiones, derrumbes y calamidades.

Una planta de tratado de los minerales. En esta la plata es separada del resto.

En el mercado minero nos sugieren comprar regalos para los mineros que vamos a conocer más tarde. Un refresco está bien, hojas de coca también, y un cartucho de dinamita mucho mejor. No te imaginas lo lento que puede llegar a pasar el tiempo hasta que te ves con un cartucho de dinamita en la mano, por muy estable que te digan que es no piensas más que en soltarlo de una vez, y ese momento no llega hasta llegar a la mina tras muchos traqueteos en bus. La palabra miedo se me queda corta, cortísima.

El siguiente paso de la visita es un centro de procesado de los minerales donde llegan toneladas de tierra y mediante procesos químicos se separa el polvo de plata del resto. Antiguamente este proceso se hacía con mercurio, hoy no es tan extremadamente tóxico pero casi casi, con una rudimentaria maquinaria que completa el proceso. La plata se mide por su Ley o pureza. Aquí la inmensa mayoría que se exporta es de escasa pureza y se manda a Asia para la fabricación de tecnología. En Potosí sólo hay una planta de tratado de plata de alta pureza y además es estadounidense.

La entrada a la galería "Caracoles", la que nosotros visitamos.

Dentro de la mina de Cerro Rico

Llega el momento de entrar en la mina. Has oído tantas cosas que los nervios se confunden con el pánico. Al menos el guía, un exminero que durante la visita se convertirá en tu mejor amigo, es quien te lleva la dinamita desde este momento y sientes algo de alivio.

Entramos en la galería Caracoles, en el Cerro Rico todas las minas están conectadas entre ellas creando un hormiguero de más de 500 km de túneles, donde trabajan 37 cooperativas.

Comenzamos a entrar por la galería principal y el foco de tu frente es la única luz de la que te sirves. El túnel se estrecha, mucho, y cuando llevas 10 minutos caminando agachado para no golpearte la cabeza comprendes que la visita se te va a hacer larga. ¡Pom! Un porrazo. ¡Pom! Otro porrazo. Y es que uno nunca se agacha lo suficientemente. Con razón el casco que te han dado está repleto de arañazos.

Los pasos son realmente estrechos dentro de la mina, no aptos para claustrofóbicos.

Caminas y ves túneles que salen hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba, hacia abajo… siempre sorteando los tubos de aire comprimido y los cables de alta tensión que transcurren por las paredes para alimentar las herramientas de los mineros que pueden pagar por ello. Con máquinas los agujeros donde se introduce la dinamita son más numerosos y más profundos, así las voladuras mueven más kilos de roca. Muchos otros mineros, los que no se pueden permitir esa tecnología, siguen haciendo esos agujeros a mano. El protagonista de nuestro vídeo es de esos.

El techo de la galería se sustenta en algunos tramos en tablones de eucalipto, cuando los ves piensas que se confía demasiado en ellos y temes verlos ceder justo en ese momento. Durante la época de la colonia los techos se sujetaban mediante una bóveda de cañón, pero es algo costoso y lento que hoy no merece la pena.

Vas adentrándote en la montaña y te cruzas con otros visitantes que no pueden con el agobio y necesitan salir.

Nuestro guía y "el tío", la figura que se encarga de la buena suerte en busca de plata.

Antes de llegar a la zona de excavación paramos a hacer una visita a “El Tío”. Una figura humana con cara de Lucifer es quien se encarga de los éxitos en la mina, se le llevan ofrendas y regalos, botellas de una bebida alcohólica de 96º, cigarrillos, hojas de coca… y siempre sin olvidarnos de la Pachamama, pues si la suerte de la plata depende de el Tío la seguridad en la mina es de la Madre Tierra. Hay que ser considerados con la Pachamama para que no haya derrumbes. Por eso no hay mujeres mineras, dicen, pues si una mujer trabajara en la mina el Tío se fijaría en ella, la Pachamama se pondría celosa y la seguridad de los mineros estaría en peligro.

La cosa se complica, vamos en busca de los mineros y empezamos a bajar. Primero unos 8 metros en vertical por una escalera de mano de madera a la que le falta algún peldaño, después unos 40 metros más por pasadizos prácticamente verticales por los que debemos sacar nuestras mejores dotes de escalada, que no son muchas. Las paredes se estrechan, el polvo aumenta y distingues el olor de los diferentes gases que respiras. Sorteamos pasos donde el suelo no existe y cruzamos sobre un par de finos tablones, bajo ellos se divisan vacíos verticales de decenas de metros que conectan con otras galerias. El acceso empieza a ser difícil de verdad y me acuerdo de Candela, aquí no lo habría pasado nada bien.

Por fin encontramos a Antonio, un minero solitario de 35 años al que le habría echado 50. Nos cuenta su historia, que entró a trabajar a las 6 de la mañana y no saldrá hasta las 5 de la tarde, que es soltero, que trabaja solo, que no le gusta Evo Morales… Nos dice que saca plata, platita, y que hoy una plata de 200 de Ley se paga a 40 o 50 BOB el kilo (unos 6€), pero si es una plata de 80 sólo le pagan 15 BOB el kilo (menos de 2€). Todo mientras prepara los explosivos para su próxima voladura, le va a poner una mecha de un par de minutos, suficiente para ponerse a salvo un poco más allá.

Antonio, uno de los mineros de Potosí, ya tiene lista su dinamita para la próxima detonación.

Nos despedimos y comenzamos a salir hacia la galería principal por la que veníamos. Ahora sí que hay que escalar de verdad, las piedras sobre las que pisas se mueven y te agarras a las paredes clavando los dedos en las rocas. Subiendo, agachado, asfixiado, chorreando de sudor, rodeado de gases y polvo, con la única luz de mi foco y sin espacio para moverme la sensación de agobio alcanza su máximo, menos mal que sólo quedan minutos para estar fuera. Oímos una explosión, la de Antonio, y todo retumba. Si hubiera fallado habría tenido que esperar 24h hasta volver a ese sector, por si acaso, no sería el primer cartucho que explota a destiempo junto a un minero.

Seguimos las vías de las vagonetas, nos cruzamos una de ellas, y vemos por fin la luz al final del túnel. Literalmente.

Cuando los españoles explotaban la mina durante la colonia se hablaba de vetas de plata de metro y medio de ancho, hoy las que se encuentran con suerte pasan de centímetro y medio. La mina cada vez da menos, los expertos no le dan más de 10 años de productividad, y entonces… se acabó. La plata, Cerro Rico y el sustento del pueblo de Potosí. Cada vez son menos los mineros que trabajan allí, hace 5 años se contaban 16.000, hoy apenas 10.000.

Cuando salimos al exterior nuestro guía nos revela las estadísticas negras de la mina. Cada mes mueren 15 mineros en ella, 10 por accidentes, derrumbes y explosiones, y 5 por cáncer de pulmón. Y es que igual que se dice que en la época española se podría haber construido un puente de plata desde allí hasta España, igualmente ese puente podría haber sido cubierto con los cuerpos de los mineros fallecidos en esa época durante la explotación colonial. Sin palabras.

4 Comments

  • Irene| 29 junio, 2016 at 09:04 Responder

    Genial y con miedo, supongo

    • Candela| 29 junio, 2016 at 15:34 Responder

      La verdad es que sí, meterse ahí da tela de respeto, y cuando ves la luz al final del túnel (literalmente) respiras aliviado.

  • Juan Pedro| 19 mayo, 2016 at 18:19 Responder

    Buenísimo el artículo Roberto

    • Roberto| 20 mayo, 2016 at 23:36 Responder

      ¡Gracias! En persona te lo volveré a contar todo 😉

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